las posibilidades de encontrar un asiento vacío en el tren o en el colectivo -o, en su defecto, la velocidad con la que uno se desocupe- es furiosa e inversamente proporcional al grado de dolor experimentado en los pies de uno mismo.
los pasajeros sentados miran descaradamente y sin inmutarse en lo más mínimo las caras de dolor que uno pueda estar expresando durante el tiempo que dura el viaje. ergo, todo pasajero sentado es un hijo de puta en acto.
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